26 ago. 2016

"Curiosidades de Valdediós" y II


Otra de las curiosidades es la que se refiere a dos edificios que la comunidad construyó, o poseyó, fuera del ámbito del monasterio. Uno de ellos en el camino que desde San Pedro de Ambás asciende al alto de La Campa por Arbazal, que parece ser el que los arrieros y peregrinos utilizaban con gran frecuencia para no descender hasta el monasterio, lo que obligaba después a utilizar el empinado camino que sube por Vallinaoscura.



Para auxiliar a los viajeros que andaban por este camino, en la pequeña y típica aldea, junto a su templo de Santa María, un edificio barroco del siglo XVII, heredero de otro prerrománico de mediados del siglo X, levantó la comunidad una pequeña casa conocida como el Mesón de los Cistercienses, en cuya fachada se puede ver todavía un hermoso escudo de la Orden en el que figura el año 1640, como la fecha de su construcción.



En ella cumplían los frailes con el deber cristiano de acoger y auxiliar a los peregrinos que no pasaban por el monasterio, ligeramente apartado del camino.



La segunda construcción está ahora en plena capital del Principado, pero cuando se levantó, en los años finales del siglo XVIII, se situaba fuera del recinto urbano, al pie de la cerca que limitaba el conocido como Oviedo redondo y muy próxima a una del puertas o "postigo", que daba acceso a la ciudad y que dio nombre a la zona.



Seguramente que su finalidad, y el hecho de situarse en el exterior de la muralla, sería acoger a los frailes bernardos cuando procedentes de Valdediós o bien al final de algún largo viaje a lomos de poderosas mulas, después de asistir a alguno de los Capítulos Generales de la Orden, arribaban a la ciudad tras el toque de oración y cuando sus puertas ya estaban cerradas.
En ella pernoctarían a la espera de que a la mañana siguiente los postigos se abrieran de nuevo y pudieran acceder al recinto urbano para presentar sus respetos al prelado de la diócesis o resolver algún asunto propio de la Orden.



La casita en cuestión se encuentra ahora dando su lienzo principal, frente a la calle del Postigo Alto y sus dos fachadas laterales a las estrechas calles de la Carta Puebla y Fuero, en una encrucijada que recuerda alguna de Toledo.



En el ángulo superior izquierdo de su sencilla pero noble fachada puede verse perfectamente el escudo cisterciense, una reproducción casi exacta del que luce sobre la portería del monasterio.



Una banda ajedrezada, en sentido transversal, lo divide en dos partes: en una de ellas se ve el símbolo de la Orden, formado por un brazo que sobresale de la amplia manga de la cogulla y sostiene el báculo abacial, la flor de lis, como privilegio que Carlos III concedió a Valdediós cuando le otorgó el título de Real Monasterio y una mitra caída.


 

En la parte inferior aparecen las cuatro cruces de las Órdenes Militares de las que fuera gran protectora la Congregación del Cister. Bajo el escudo, en un pequeño panel adornado con una greca se puede leer: BALDDIOS - Año 1791.



Desgraciadamente, ahora el recoleto edificio, es utilizado como una especie de almacén de bebidas o de útiles usados por alguno de los numerosos establecimientos de hostelería que abundan en la zona, (en la actualidad es un conocido bar de copas del "Oviedo antiguo") sobre su noble fachada principal aparecen unas placas metálicas de las que se utilizan en dichos establecimientos y sobre sus paños laterales prolifera la moderna plaga de las desgraciadas pintadas, todo sin ningún respeto por la historia  simplemente la estética del que es un precioso rincón del pasado de nuestra ciudad, merecedor de mejor trato.
Texto de José Luis Galán González.

23 ago. 2016

"Curiosidades de Valdediós" I


La entrada de hoy y la del próximo día las aprovechamos para difundir un, a nuestro juicio, interesante artículo publicado en el nº 47 del boletín "A Santiago", editado por la asociación Astur-Leonesa de amigos del Camino de Santiago y firmado por su presidente y amigo José Luís Galán González, que gentilmente nos autorizó a incluir en el blog, en el se narran algunos hechos y curiosidades del monasterio de Santa María de Valdediós y que completamos con algunas imágenes de nuestra fototeca.


Una de las últimas actividades del pasado año fue la visita a la la iglesia de Amandi y al hermoso conjunto que forman el templo prerrománico de San Salvador y el monasterio cisterciense de Santa María de Valdedios.



En aquella mañana de un sábado de otoño, bajo un cielo gris, tan típico de esta tierra, presagiando lluvia sin que las nubes llegaran a consumar su amenaza, recorrimos a pie parte del hermoso valle de Dios y tuvimos ocasión de repasar y admirar otra vez, casi todos los detalles que los históricos edificios atesoran; pero la jornada que resultó francamente instructiva y entretenida, sirvió también para recordar alguna cosa curiosa, o menos conocida sobre la comunidad de monjes bernardos, que durante tantos años habitaron el monasterio, ejerciendo su benéfica labor y repartiendo sus enseñanzas entre los habitantes del verde valle de Boiges.


Una de ellas es la historia de los últimos monjes que vivieron en el monasterio (los últimos antes de que la Orden Cisterciense restaurase la vida conventual en el año 1992, restauración que desgraciadamente se interrumpió de nuevo en el año 2009).


(Vida que afortunadamente restauraron, el pasado mes de julio, las Hermanas Carmelitas Samaritanas).


Eran los años centrales del siglo XIX, en pleno auge de las políticas desamortizadoras que, con la loable intención de poner en activo terrenos y propiedades improductivas, tanto daño causaron en antiguos y artísticos edificios que se vieron en muchos casos expoliados o maltratados, y en otros abandonados y a merced de los desastres que causa el paso del tiempo, sin uso y sin ningún tipo de conservación ni cuidado.


Concretamente una tarde del año 1834, en el convento se recibió una orden terminante, de la justicia de la capital, que apremiaba a la comunidad a desalojar el cenobio en el corto plazo de 48 horas. 
Los monjes, con gran dolor, por tener que abandonar la Santa casa que fue su hogar, su lugar de estudio, trabajo y oración durante tantos años fueron cumpliendo la inexorable orden. 
Casi todos se dispersaron, como curas encargados de las parroquias vecinas, de las que se hicieron cargo al dejar el monasterio. 
Sin embargo, no todos los frailes abandonaron la casa. Tres de ellos, de nombre Fray Vicente Eijan, Fray Malaquías Carrera y Fray Valeriano Fernández, se negaron rotundamente a cumplir el mandato que ellos, especialmente encariñados con su convento, calificaban de injusto y arbitrario.


De su obstinación se cuentan pintorescos episodios, especialmente de Fray Valeriano, que parece era un hombre de elevada estatura, de fuertes convicciones, recio por demás, de físico y de carácter. 
Se dice que Fray Valeriano, armado con una escopeta de chispa, permaneció durante varios días a la puerta del convento, esperando la llegada de los comisionados del Gobierno, que habían de verificar la entrega del edificio, dispuesto a defender a toda costa su casa, de lo que él calificaba como una usurpación intolerable por muchos fundamentos legales de que el Gobierno la hubiese revestido.


La llegada, en un prudente gesto de las autoridades encargadas, nunca se produjo, hasta el punto de que posteriormente, la propia Administración de Bienes Nacionales, nombró a Fray Valeriano su delegado en Valdediós, encargo que el fraile cumplió con gran pericia y detalle, dejando abundantes pruebas de su buena administración en el Archivo de la Biblioteca del monasterio, donde continuó viviendo en compañía de sus dos hermanos, haciendo la misma vida de comunidad que había practicado durante tantos años: rezando las horas canónicas, estudiando en la biblioteca, trabajando el huerto, cobrando las rentas de los colonos, anotando escrupulosamente los gastos, y esperando siempre la vuelta de los hermanos que ya habían ido falleciendo de peña y de nostalgia al frente de las parroquias de las que Se habían hecho cargo cuando dejaron el monasterio.


Andando los años también fueron falleciendo tanto Fray Vicente como Fray Malaquías y quedó solo en el convento Fray Valeriano, acompañado por un vecino de Pueyes, llamado don Alonso Solís, que permaneció en su compañía como fiel amigo y confidente. Así vivió el último monje de Valdediós hasta que el inexorable paso del tiempo permitió que el noble edificio se quedase totalmente abandonado durante mucho tiempo a merced de los destrozos que el discurrir de los años proporciona a los lugares sin ningún uso.
Texto de José Luis Galán González.

19 ago. 2016

El juego de "Los Bolos"


Sobre el origen de los bolos en Asturias existen múltiples teorías; desde la de ser un ejercicio de preparación para la guerra, pasando por la procedencia de un culto religioso o la de una simple diversión para afinar la puntería.

Foto cedida por: J.R. Rodríguez

Pero quizás la teoría más acertada sea la que vincula su origen con el Camino de Santiago, ya que desde el siglo X el norte peninsular se ve influenciado por las costumbres de viajeros y comerciantes que desde el resto del continente peregrinan a Santiago, dejando por todo el Camino costumbres de su cultura entre las que con toda probabilidad también se encontraban los juegos, entre los que estarían los primitivos bolos.

Foto cedida por: J.R. Rodríguez

Así Julio Braun, en su obra, Bolos y Cultura (1984), cuenta, que por aquella época había en Europa dos modalidades de juego de bolos: una la mediterránea, que es el juego de bolas heredado de Grecia y Roma, que extendieron por todos sus asentamientos de la conquista de Europa.

Foto cedida por: J.R. Rodríguez

Y otra en el norte y centro europeos, que es ¿Kegel? o juego de bolos, que según la Enciclopedia Británica nace en el siglo IV d.C. en Alemania, y al que se atribuye un origen sagrado, religioso, mágico y ritual, ¿la lucha contra el demonio?, que se va a personificar en lo que se llamará ¿kegel? y caló profundamente entre el pueblo alemán, que lo convirtió en tradición hasta el siglo XVI, se trataba de lanzar una piedra más o menos esféricas contra un palo (kegel), como si estuviera derribando al demonio. 

Foto cedida por: J.R. Rodríguez

La península ibérica tuvo contacto con ambas culturas, dando lugar a una inclinación clara por el segundo tipo ya en la época visigoda, se sabe por las Etimologías de S. Isidro, había juegos de hacer puntería con una piedra a otro objeto.
Texto: Museo de los Bolos.

Foto cedida por: J.R. Rodríguez

Así es que a lo largo de su travesía por tierras asturianas, l@s Peregrin@s pueden encontrarse con alguna de las imágenes que ilustran esta entrada, pues resulta bastante frecuente tropezarse con una bolera en la que se disputa una partida o simplemente un grupo de amig@s se juegan unas botellas de sidra. Además durante el mes de agosto, en distintas localidades asturianas por las que discurre el Camino, se celebra el popular torneo de Bolos en la calle.


Si bien el juego de los bolos consiste en algo tan sencillo como lanzar una bola para hacerla llegar hasta donde se encuentran los bolos, con la intención de derribar el mayor número posible de bolos o en algún caso, pasarla por el lugar en el que se obtiene mayor puntuación; el tamaño o forma de los bolos y de la bolera, la distancia a la que se tiran las bolas, la forma de puntuar, etc. dependerá de la zona del Principado en la que nos encontremos.


Durante las dos primeras etapas del Camino del Norte, que discurren por el oriente asturiano y también por las que se dejaron atrás en la vecina en la Cantabria, la modalidad de juego más extendida es la conocida como "birle" o "bolo palma". El juego consiste coger las bolas del suelo colocándolas en la palma de la mano, para fijar el pie correspondiente a la mano que se emplea para jugar y aprovechando el impulso de cuerpo y piernas con el movimiento atrás y adelante del brazo, darle impulso a la bola para lanzarla.


Las partidas constan de dos partes: "Tirar" y "Birlar", utilizando bolas de 18 cm. de diámetro con un peso entre 1 y 2 kg. que se lanzan sobre 9 bolos grandes (45 cm.) y uno de menor tamaño (27,7 cm.) llamado "boliche" o "emboque", previamente colocados en forma de cuadrado de 3 bolos por lado. ''Tirar'', es lanzar las bolas desde el ''tiro'' de tal manera que lleguen desde el aire directamente a la caja o a un lugar próximo a ella, con objeto de hacer juego, derribar bolos y sacar ''emboque''.


Y ''Birlar'' es volver a lanzar las mismas bolas que se han tirado, siempre que haya sido válida su jugada, desde el lugar que ocupen hacia la caja para hacer juego, derribando bolos. Cuando la bola válida haya quedado en el ''campo de birle'' tan próximo o dentro de la caja que el jugador pueda alcanzar con la mano los bolos, éste puede optar por una modalidad de ''birle'' que se llama ''segar'', que consiste en derribar bolos sin soltar la bola de la mano.


En las etapas de la zona central desde Ribadesella hasta Avilés, sea por el Norte o por La Costa, toda la cuenca del Caudal por el Camino del Salvador y hasta Grado por el Camino Primitivo, la modalidad que predomina es la "Cuatreada".


Las boleras de "Cuatreada" constan de dos partes perfectamente diferenciadas; "zona de tiro" y el "Castro", separadas entre si unos 20 m. por la "zona intermedia", pudiendo oscilar la distancia de tiro oscila entre los 18 m. de los aficionados a los 10 m. para los más pequeños. Las boleras más importantes suelen estar cubiertas y disponer de graderío alrededor del Castro.


El "Castro" que es la zona de la bolera en la que están colocados los bolos y donde han de tomar tierra las bolas, lo limita un arco de hierro con un radio de 2,25 m. y una cuerda perpendicular a la línea de tiro, denominada fleje, distante 1,90 m. del centro.


En total se utilizan 10 bolos, 9 de 52 cm. de altura, armados en 3 filas de 3, separados entre sí por 55 cm. desde el centro del bolo, para completarse el armado con el "biche", bolo de menor tamaño (28 cm.) y separado 21 cm. del bolo exterior de la última fila.


Siendo el "biche", en función de su colocación, el marca las dos formas de tirar en la Cuatreada; "pa la mano" cuando se coloca a la derecha del tirador o "pal pulgar" a la izquierda.


El diámetro de las bolas oscila entre 10 y 11,5 cm. y su peso puede variar entre los 600 y casi los 800 g. dependiendo del jugador, las bolas pueden ser de menor tamaño y peso para las categorías inferiores.


El juego consiste en lanzar las bolas desde "el tiro" al “castro”, acumulando puntos por: meter la bola dentro, por tirar bolos, por parar la bola dentro del castro y por "cuatrear" (se considerará que una bola es “cuatreada” la que después de derribar uno o más bolos derribe el “biche” o cruce por la zona de “cuatreada”).


Las partidas pueden ser: mano a mano entre dos jugadores: 6 bolas/jugador, de parejas: 3 bolas/jugador, de tríos: 3 bolas/jugador y de cuartetos o quintetos: 2 bolas/jugador.


Si continuamos por la Costa a partir de Avilés también nos podemos encontrar con una de las modalidades de Bolo de Batiente o Bolo Rodao.

Foto: F.A de Bolos

Batiente Rodao; el objetivo de esta modalidad, además de derribar el mayor número posible de bolos, es el de hacerlos pasar por encima de una valla llamada ciebo, ciebe, sebe, cabón o portiello. Antes de lanzar la bola el jugador realiza una carrera corta por una zona de impulso de 15 m. La bola se suelta en el encalme, punto en el que arranca el rodao, un pasillo que la bola recorre en dirección a la losera, en la que se encuentran armados los bolos. Los bolos derribados que quedan en el entorno a la losera valen un punto, los que caen entre la losera y el ciebo 10 puntos, y los que superan el ciebo 50 puntos.

Foto: F.A de Bolos

Bolos rodaos Cada jugador realiza 2 lanzamientos. Se utilizan 9 bolos en círculo, 8 de ellos formando la circunferencia y el noveno bolo en el centro. El primer lanzamiento se efectúa desde la raya de tiro, a una distancia de entre 4 y 5 m. Si con este tiro la bola sobrepasa la raya, situada a 12 m. del tiro, el jugador tiene derecho al segundo lanzamiento desde la raya hacia los bolos. Desde ambas posiciones los bolos derribados tienen el valor de un punto.


Si nuestros pasos siguen los de Alfonso II por el Camino Primitivo, en los concejos de Grado y Salas también nos podemos encontrar con boleras de Batiente, para nada más coronar La Espina comenzar a ver las de bolo Celta o bolo de Tineo.


Esta modalidad se practica en un espacio rectangular de 30 a 35 m. de largo por 10 m. de ancho. Dentro de este espacio se sitúan los siguientes elementos: la losa o losera, a unos cuantos metros del poyo, con una suave inclinación hacia la cueva, lugar donde se sitúan los bolos. Las dimensiones de la losa varían entre los 80 y los 130 cm. de largo por 50 ó 110 cm. de ancho.


El poyo que es el lugar de tiro de la bola, que mide unos 40 cm. de alto. Delante del poyo se abre una zanja de aproximadamente medio metro que se llama cueva y es el lugar donde caen los tiradores de tal forma que el brazo ejecutor quede a una altura similar a la de la línea de bolos.


A unos 25 m. por delante de la losera o losa se marca en el suelo una línea, la raya del 10, bien mediante una línea pintada en blanco o segándola más profundamente.


Desde esta línea y a otros 4 m. se coloca un muro de 6 m. de alto llamado la viga o cuerda, considerado el límite de la bolera, aunque esta viga tiene mucha importancia y en varias ocasiones se ha de rodear para recoger los bolos caídos.


Se juega con 20 bolos de madera de haya, manzano o encina, con una altura comprendida entre 15 y 18 cm. y una circunferencia de 12 cm. a los que se les tallan 6 lados y se les corta la base a bisel, para que se sostengan sobre la losera. Su peso es aproximadamente de 200 gr. Las bolas pueden ser de madera muy dura o de fibra, variando su peso y tamaño en función de la mano del jugador. La necesidad de que tengan un peso alto obliga a practicarles un agujero, en el que se echa plomo fundido, las de fibra lo llevan en el interior, no pudiendo superar en ningún caso los 35 cm. de diámetro.


La partida se juega a cuatro juegos de 50 puntos cada uno, y en ella se hacen dos tipos de tirada. La primera se llama bajar y se hace desde lo alto del poyo al tiempo que el jugador se lanza dentro de la cueva. Cada bolo tirado vale un punto, salvo los que pasan de la raya del 10 que valen 10 puntos cada uno, y los que saltan la viga, que valen 50 puntos y conceden la victoria al participante. A estos bolos se les llama acabones, porque con ellos finaliza el juego.


Es fundamental para poder contar puntos que la bola pase de la ralla del 10, o si no la tirada es nula y se denomina que la Bola queixó.


La otra tirada se llama subir, y se hace desde la viga lanzando la bola rodando por el suelo contra los bolos desde la línea de 10, valiendo un punto cada bolo caído.


Si el jugador no tira ningún bolo, pierde la mano u orden de tirada, lo cual es muy importante en este juego, ya que se trata de ser el primero en llegar a obtener los 50 puntos. Por eso, antes de empezar, se sortea el orden de tirada que luego puede cambiar. Las partidas se pueden jugar uno contra uno, por parejas o por equipos de cuatro jugadores.